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Carne procesada y riesgo de cáncer: qué revelan los nuevos estudios y cuánto importa lo que comes

  • María de Vidimedic
  • hace 4 días
  • 7 min de lectura

Carne procesada y riesgo de cáncer: embutidos junto a una representación del estómago y el esófago
Carne procesada y riesgo de cáncer: qué dicen los nuevos estudios

La relación entre carne procesada y riesgo de cáncer vuelve a situarse en el centro del debate científico. Una investigación europea con más de 450.000 participantes ha encontrado que consumir mayores cantidades de carnes procesadas se asocia con un incremento del riesgo de desarrollar cáncer gástrico y adenocarcinoma de esófago. El dato ha generado titulares, pero también necesita contexto: el estudio habla de un aumento del riesgo relativo, no de que comer ocasionalmente jamón, beicon o embutido vaya a provocar cáncer.


Carne procesada y riesgo de cáncer: ¿qué ha descubierto el nuevo estudio?


La investigación, publicada en International Journal of Cancer, analizó datos del proyecto EPIC —European Prospective Investigation into Cancer and Nutrition—, una de las mayores investigaciones europeas sobre alimentación, estilo de vida y cáncer.


En total participaron 450.112 personas, cuyo estado de salud fue seguido durante una media de 14,1 años. Durante ese periodo se diagnosticaron 876 casos de cáncer gástrico y 215 adenocarcinomas de esófago.


¿El resultado que más ha llamado la atención?


Por cada incremento de 30 gramos diarios de carne procesada, los investigadores observaron:


  • un 9 % más de riesgo relativo de cáncer gástrico;

  • un 13 % más de riesgo relativo de adenocarcinoma de esófago.


Además, el consumo de carne procesada mostró asociación con distintos tipos histológicos de cáncer gástrico, especialmente el de tipo intestinal.


Treinta gramos no parecen una cantidad enorme. Dependiendo del alimento, pueden equivaler a unas pocas lonchas de embutido. Precisamente por eso los resultados son interesantes desde el punto de vista de la salud pública: el estudio no está hablando de consumos extraordinarios, sino de diferencias que podrían integrarse fácilmente en la alimentación cotidiana.


Pero cuidado: un 9 % más de riesgo no significa un 9 % de probabilidades de padecer cáncer


Esta diferencia es fundamental.


El estudio habla de riesgo relativo. Por ejemplo, si hipotéticamente un determinado grupo tuviera un riesgo absoluto del 1 %, aumentarlo un 9 % en términos relativos lo situaría alrededor del 1,09 %, no en el 10 %.


Los resultados tampoco demuestran que esos 30 gramos adicionales sean, por sí solos, la causa de cada cáncer observado.


Se trata de un estudio prospectivo observacional: una metodología muy valiosa para estudiar enfermedades que aparecen a lo largo de décadas, pero que no puede controlar todas las variables de la misma forma que un ensayo clínico.


Los propios investigadores reconocen varias limitaciones: la alimentación se estimó mediante cuestionarios, puede cambiar con los años y el trabajo no disponía de información completa sobre infección por Helicobacter pylori, uno de los factores importantes en el desarrollo de cáncer gástrico.


Por tanto, los datos son relevantes, pero conviene evitar titulares como “comer embutido provoca cáncer de estómago”.


La conclusión científica es más precisa: un mayor consumo habitual de carne procesada se asoció con un mayor riesgo de estos tumores en la población estudiada.


¿Qué alimentos se consideran carne procesada?


Aquí suele existir bastante confusión.


Según la Organización Mundial de la Salud, se considera carne procesada aquella que ha sido transformada mediante procesos como salazón, curado, fermentación o ahumado con el objetivo de mejorar su conservación o sabor.


Entre los ejemplos habituales encontramos:


  • beicon;

  • salchichas y frankfurts;

  • chorizo;

  • salami;

  • jamón cocido;

  • jamón curado;

  • carnes en conserva;

  • determinados fiambres y embutidos.


Y hay un detalle importante: “procesada” no significa necesariamente “carne roja”. También puede existir carne de ave procesada.


La carne procesada ya estaba en el radar de la OMS


El nuevo estudio no aparece en un vacío científico.


En 2015, la Agencia Internacional para la Investigación sobre el Cáncer (IARC), organismo perteneciente a la OMS, clasificó la carne procesada como carcinógena para los seres humanos —Grupo 1—, principalmente por la evidencia existente respecto al cáncer colorrectal.


Aquí también existe una confusión frecuente.


Estar en el mismo “Grupo 1” que el tabaco no significa que comer carne procesada sea tan peligroso como fumar.


La clasificación de la IARC indica el grado de certeza científica de que un agente puede causar cáncer, no el tamaño del riesgo generado por la exposición.


La propia OMS estima que consumir 50 gramos diarios de carne procesada se asocia con aproximadamente un 18 % más de riesgo relativo de cáncer colorrectal.


La novedad del estudio EPIC de 2026 es que aporta datos adicionales sobre dos localizaciones donde la evidencia era menos clara: el estómago y el esófago.


Otro estudio de 2026 pone el foco en nitratos y nitritos


Hay otra investigación reciente que resulta especialmente interesante para comprender qué podría estar ocurriendo.


Un estudio publicado en 2026 en European Journal of Epidemiology siguió a 54.610 adultos daneses durante aproximadamente 27 años para investigar la relación entre nitratos, nitritos y cáncer gástrico según el origen de estos compuestos.


Los resultados sugieren que el origen importa mucho.


Una mayor exposición a nitratos y nitritos procedentes de carnes en las que estos compuestos pueden utilizarse como aditivos se asoció con una mayor incidencia de cáncer gástrico. Sin embargo, los nitratos y nitritos presentes naturalmente en alimentos vegetales no mostraron el mismo patrón de riesgo.


Esto es importante porque evita una conclusión errónea del tipo “los nitratos son cancerígenos y, por tanto, hay que evitar también las verduras”.


La matriz del alimento, los compuestos que lo acompañan y las reacciones químicas que se producen durante su procesamiento, cocinado y digestión pueden modificar considerablemente sus efectos.


¿Por qué podría influir la carne procesada?


No existe un único mecanismo.


La investigación sobre cáncer y alimentación ha estudiado distintos procesos potencialmente relacionados con las carnes rojas y procesadas.


Uno de ellos son los compuestos N-nitroso, que pueden formarse a partir de nitratos y nitritos en determinadas condiciones.


También se estudia el papel del hierro hemo, abundante en las carnes rojas, así como determinados compuestos generados al cocinar carne a temperaturas muy elevadas, especialmente cuando se quema o se expone directamente a la llama.


Esto tampoco significa que un único conservante explique todo el riesgo observado. El desarrollo de un cáncer es un proceso complejo en el que pueden intervenir genética, edad, tabaquismo, alcohol, obesidad, infecciones, alimentación y múltiples factores ambientales.


¿Y qué ocurre con la carne roja y la carne blanca?


Este es uno de los detalles más interesantes del nuevo estudio.


Los investigadores no encontraron una asociación entre el consumo de carne roja no procesada y el riesgo global de cáncer gástrico o adenocarcinoma de esófago en esta cohorte.


También apareció un resultado inesperado: un incremento de 20 gramos diarios de carne blanca se asoció con un 12 % más de riesgo relativo de cáncer gástrico no localizado en el cardias.


Sin embargo, esta asociación fue mucho menos consistente y apareció especialmente entre las mujeres. Los propios autores consideran que necesita ser confirmada en futuras investigaciones antes de extraer recomendaciones específicas.


Por tanto, este estudio no justifica afirmar que el pollo sea cancerígeno.


Entonces, ¿cuánta carne procesada deberíamos comer?


Las recomendaciones sanitarias no plantean que sea necesario vivir con miedo a determinados alimentos.


Sí aconsejan que la carne procesada deje de ser un alimento de consumo habitual.


La Agencia Española de Seguridad Alimentaria y Nutrición (AESAN) recomienda un máximo de tres raciones semanales de carne en conjunto, priorizando aves y conejo y minimizando el consumo de carne procesada.


El World Cancer Research Fund va un poco más allá y aconseja consumir muy poca carne procesada o, si es posible, ninguna, debido sobre todo a la evidencia sólida existente en cáncer colorrectal.


¿Significa esto que hay que tirar el jamón de la nevera?


No.


Significa que merece la pena revisar la frecuencia, especialmente cuando embutidos, salchichas, beicon o fiambres forman parte prácticamente diaria del desayuno, bocadillo, merienda o cena.


El cambio más útil probablemente no sea “prohibir”, sino sustituir


Pensar únicamente en restricciones suele hacer más difícil mejorar la alimentación.


Una pregunta más práctica sería:


¿Qué puedo comer en lugar del embutido varias veces a la semana?


Algunas alternativas pueden ser:


  • hummus u otros patés de legumbres;

  • huevos;

  • pescado;

  • yogur natural y otros lácteos según las necesidades individuales;

  • frutos secos sin sal;

  • legumbres;

  • preparaciones caseras basadas en verduras;

  • carnes frescas sin procesar cuando formen parte de la dieta.


La recomendación general de AESAN apunta precisamente hacia un patrón alimentario con mayor protagonismo de frutas, verduras, legumbres, cereales integrales, frutos secos, pescado y aceite de oliva, reduciendo la presencia de carnes procesadas.


No es el bocadillo de hoy: es el patrón que repetimos durante años


Probablemente esta sea la idea más importante.


La nutrición no funciona como un interruptor donde un alimento es “bueno” y otro “malo”. Tampoco tiene demasiado sentido obsesionarse con una comida aislada.


Los grandes estudios epidemiológicos analizan lo que ocurre cuando determinados hábitos se mantienen durante años o décadas.


Y los resultados que están apareciendo en 2026 refuerzan una dirección que las autoridades sanitarias llevan tiempo señalando: cuando hablamos de prevención del cáncer, reducir el consumo habitual de carnes procesadas es una modificación relativamente sencilla de la dieta y con respaldo científico creciente.


No hace falta convertir el desayuno en un examen de oncología ni vivir contando gramos de jamón.


Pero si el embutido aparece todos los días en la mesa, quizá sí merezca la pena hacerse una pregunta mucho más sencilla:


¿Y si algunos días lo sustituimos por otra cosa?


A largo plazo, son precisamente esas pequeñas decisiones repetidas las que terminan definiendo nuestra alimentación.


Fuentes consultadas


Para elaborar este artículo se han revisado fuentes científicas y organismos de referencia en salud pública. Entre ellas se encuentran el estudio publicado en International Journal of Cancer a partir de datos de la cohorte europea EPIC, investigaciones recientes sobre nitratos, nitritos y cáncer gástrico, así como las recomendaciones de la Organización Mundial de la Salud (OMS), la Agencia Internacional para la Investigación sobre el Cáncer (IARC), la Agencia Española de Seguridad Alimentaria y Nutrición (AESAN) y el World Cancer Research Fund (WCRF). Estas fuentes permiten contextualizar los resultados y diferenciar entre asociaciones epidemiológicas, riesgo relativo y causalidad.


Escrito por: Maria Bueno

 
 
 

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